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Universalidad e diocesaneidad de nuestra misíon. Disponibilidad misionera.

Presentación: Motivaciones para la disponibilidad misionera

A partir de las enseñanzas conciliares y postconciliares del Vaticano II, se acepta sin discusión (en línea de principio) que "los sacerdotes deben tener un corazón y mentalidad misionera", por el hecho de que "la vocación sacerdotal es también misionera" (RMi 67).


La naturaleza del sacerdocio ministerial, en el orden de los presbíteros, tiene las características misioneras que derivan del hecho de participar en el mismo sacerdocio y misión de Cristo. Nuestra misión es la misma que la del Señor: "Como mi Padre me envió, así os envío yo" (Jn 20,21; cfr. 17,18).
La afirmación conciliar de "Lumen Gentium" n. 28 pudo parecer en un primer momento sorprendente: "Ellos (los presbíteros), bajo la autoridad del obispo... hacen visible en cada lugar a la Iglesia universal... Preocupados siempre por el bien de los hijos de Dios, procuren cooperar en el trabajo pastoral de toda la diócesis e incluso de toda la Iglesia" (LG 28). La dimensión misionera particular y universal es patente.
Así, pues, no deberían sorprender las repetidas afirmaciones de la exhortación postsinodal "Pastores dabo vobis" sobre la misionariedad del sacerdote, subrayando la "colaboración responsable y necesaria con el ministerio del obispo, en su solicitud por la Iglesia universal" (PDV 17) e indicando que la "pertenencia y dedicación a la Iglesia particular" (por la incardinación) "no puede reducirse a estrechos límites", sino que "los prepara a la misión universal" (PDV 32).
Pero lo importante de "Pastores dabo vobis" es que presupone algo más: la vivencia del seguimiento evangélico según el estilo de vida de los Apóstoles en el propio Presbiterio (PDV 10, 17, 74, etc.). Y para ello invita a elaborar un proyecto o "programas de formación permanente capaces de sostener, de una manera real y eficaz, el ministerio y la vida espiritual de los sacerdotes" (PDV 3).


Hay un desnivel entre las exigencias misioneras tan claramente afirmadas por el magisterio actual (como explicitación del mensaje evangélico) y la realidad de los Presbiterios diocesanos todavía muy lejos de ser la "familia" sacerdotal (PDV 74) y la "fraternidad sacramental" deseada por el concilio (PO 8; cfr. CD 28), en la línea de la "sucesión apostólica" (PDV 15-16,60).
La aceptación gozosa y generosa de las exigencias misionera por parte del sacerdote ministro (y del Obispo con su Presbiterio) tendrá lugar en la medida en que se viva este mismo sacerdocio según las exigencias misioneras de Vida Apostólica de los Doce, trazadas por Jesús.
Las vocaciones sacerdotales se suscitarán y perseverarán, en la medida en que los candidatos vean en los presbíteros de su diócesis, que ese sacerdocio evangélico, generoso y misionero, comienza a ser una realidad.


1. HACIA LA IGLESIA PARTICULAR MISIONERA (dimensión eclesiológica)

Se trata de la comunidad que preside un sucesor de los Apóstoles, en comunión con el sucesor de Pedro y con toda la Colegialidad Episcopal. Esta realidad de gracia puede recibir diversas calificaciones según el modo de su estructura: diócesis, vicariato, prefectura, prelatura... A todas estas modalidades de "Iglesia particular" se puede aplicar esta afirmación: "La diócesis es una porción del Pueblo de Dios que se confía a un Obispo para que la apaciente con la cooperación del presbite¬rio, de forma que unida a su pastor y reunida por él en el Espí¬ritu Santo por el Evangelio y la Eucaristía, constituye una Iglesia particular, en la que verdaderamente está y obra la Iglesia de Cristo, que es Una, Santa, Católica y Apostólica" (ChD 11; cfr. can. 369).

Toda vocación e institución cristiana está dentro de la comunión de una Iglesia particular. La Iglesia, misterio de comunión misionera, se concretiza en la Iglesia particular y desde la Iglesia particular, siempre en comunión con la Iglesia universal.

El despertar misionero del final del segundo milenio e inicio del tercero, se ha concretado especialmente en la puesta en práctica de la dimensión misionera de la Iglesia particular. La Iglesia particular (que ordinariamente llamamos o es diócesis) ha ido tomando conciencia de su responsabilidad misionera universal, tanto de la ayuda a Iglesias más necesitadas, como de la colaboración en la misión "ad gentes" (de primera evangelización o de implantación de la Iglesia). La Iglesia particular o local, que envía o que recibe, es la concretización de la Iglesia universal. En ella se tienen en cuenta las circunstancias de cultura, lugar y tiempo, para aplicar la herencia apostólica y la historia de gracia recibida anteriormente.

La responsabilidad misionera de la Iglesia universal se concretiza en cada Iglesia particular, por exigencia de la comunión. La consecuencia, según Pablo VI, es la siguiente: "La Iglesia universal se encarna de hecho en las Iglesias particulares" (EN 62; cfr AG 19-22, 29, 38; RMi 61-64, 67-68, 85).

La "particularidad" de una Iglesia, con su herencia apostólica y su historia de gracia, no está condicionada a los límites socioculturales de naciones o estados, sino que, por su sacramentalidad, su catolicidad y su apostolicidad, se abre a la universalidad de la misión, de dar y de recibir los dones que son de todos. "Por esto, toda la Iglesia y cada Iglesia es enviada a las gentes" (RMi 62). "Todo el misterio de la Iglesia está contenido en cada Iglesia particular, con tal de que ésta no se aisle, sino que permanezca en comunión con la Iglesia universal y, a su vez, se haga misionera" (RMi 48).

La naturaleza misionera de la Iglesia se concretiza en cada Iglesia particular, presidida por el obispo con la colaboración especial de su Presbiterio. "Suscitando, promoviendo y dirigiendo el Obispo la obra misional en su diócesis, con la que forma una sola cosa, hace presente y como visible el espíritu y el celo misional del Pueblo de Dios, de suerte que toda la diócesis se hace misionera" (AG 38).

Cuando se habla de la responsabilidad universal de los Obispos, se alude a su calidad de cabeza de su Iglesia particular y miembros del Colegio Episcopal: "Mis hermanos son directamente responsables conmigo de la evangelización del mundo, ya sea como miembros del Colegio Episcopal, ya sea como pastores de las Iglesias particulares" (RMi 63; citando LG 23 y AG 38). Si el Obispo con su Presbiterio asume esta responsabilidad, ello comporta dinamizar la vocación laical y religiosa en la misma línea, de suerte que toda la comunidad eclesial se haga misionera. La espiritualidad "diocesana" corresponde a todos los componentes (personas e instituciones) de la Iglesia particular, pero se concretiza con matices peculiares en cada vocación (laical, de vida consagrada, sacerdotal).

Se puede calificar de "profética" esta invitación de Redemptoris Missio para que las Iglesias más necesitadas se decidan también a dar de su pobreza, sirviendo así de estímulo para las Iglesias que disponen de más medios: "Me dirijo, por tanto, a los bautizados de las comunidades jóvenes y de las Iglesias jóvenes. Hoy sois vosotros la esperanza de nuestra Iglesia, que tiene dos mil años: siendo jóvenes en la fe, debéis ser como los primeros cristianos e irradiar entusiasmo y valentía, con generosa entrega a Dios y al prójimo; en una palabra, debéis tomar el camino de la santidad... Y seréis también fermento de espíritu misionero para las Iglesias más antiguas" (RMi 91; cfr. AG 6 y RMi 62).

Esta necesaria referencia a la Iglesia universal indica que toda Iglesia particular participa "in solidum" en esta responsabilidad misionera. "Como la Iglesia particular debe representar lo mejor que pueda a la Iglesia universal, conozca muy bien que ha sido enviada también a aquellos que no creen en Cristo y que viven en el mismo territorio, para servirles de orientación hacia Cristo con el testimonio de la vida de cada uno de los fieles y de toda la comunidad" (AG 20; cfr. can. 781; RMi 64). Para llegar a construir las Iglesias particulares más necesitadas, se necesitan misioneros que hayan vivido profundamente esta comunión evangelizadora en la propia Iglesia particular.

Esta comunión se realiza en cada Iglesia particular, en torno al Obispo como sucesor de los Apóstoles. Existe una sola Iglesia, compuesta por la comunión de diversas Iglesias particulares. La "pluriformidad" y "variedad" de dones y carismas tiende a construir la misma comunión. Por esto, "en las Iglesias particulares y a partir de ellas se constituye la Iglesia Católica una y única" (LG 23).

Se puede decir, que el grado de auténtica misionariedad de una comunidad eclesial corresponde al grado de su vida de comunión. "Cada comunidad debe vivir unida a la Iglesia particular y universal... comprometida en la irradiación misionera" (RMi 51). Se trata de la acción evangelizadora "ad intra" y "ad extra". La calidad de comunión se hace capacidad de misión.

Al ayudar a otras Iglesia hermanas, se comparte con ellas una historia de gracia y una herencia apostólica, que es la quintaesencia de la Iglesia particular.

Hay que reconocer la prioridad de la responsabilidad misionera que corresponde a las Iglesias particulares, presididas por su Obispo y su Presbiterio (cfr. RMi 61-64, 67-68), puesto que la responsabilidad misionera se encuentra principalmente en los sucesores de los Apóstoles: "Los Doce son los primeros agentes de la misión universal" (RMi 61). Al reconocer que "cada Iglesia es enviada a las gentes", se afirma la realidad de comunión misionera. En efecto, "en ese vínculo esencial de comunión entre la Iglesia universal y las Iglesias particulares se desarrolla la auténtica y plena condición misionera" (RMi 62). Las afirmaciones conciliares y postconciliares son explícitas y no dejan lugar a dudas: "toda la diócesis se haga misionera" (AG 38); "toda Iglesia particular debe abrirse generosamente a las necesidades de los demás" (RMi 64).

Las realidades de gracia que constituyen cada Iglesia particular (ministerios, vocaciones y carismas) expresan y viven la comunión con la Iglesia universal, asumiendo la responsabilidad misionera que es inherente. Al insertarse en la realidad de Iglesia particular, se asume la responsabilidad misionera universal de la misma. La colaboración en la misión universal es el termómetro de la vivencia de la verdadera comunión de Iglesia. Por esto, la incardinación en una Iglesia particular incluye el hecho de asumir la responsabilidad misionera universal de la misma. La espiritualidad de toda vocación es El servicio pastoral y la espiritualidad específica del sacerdote ministro, consiste también en dinamizar toda vocación cristiana por el camino de la santidad y de la misión (cfr. PO 6 y 9).


2. DATOS BÁSICOS DE LA MISIONARIEDAD DEL SACERDOCIO MINISTERIAL (fundamentos bíblicos)

La misión de Jesús fue de anuncio, de entrega de sí mismo y de cercanía a todo ser humano. Se presentó como Hijo de Dios, "apóstol", enviado por el Padre y el Espíritu Santo, para invitar a toda la humanidad a abrirse a los nuevos planes salvíficos de Dios Amor.

La "Iglesia", como comunidad fundada por Jesús es una familia "convocada" por su palabra y su presencia, para continuar la misma misión del Señor: "La Iglesia es misionera por naturaleza" (AG 2) y "existe para evangelizar" (EN 14). Cada bautizado, según su propia vocación específica, está llamado a ser santo y apóstol sin recortes.

Los Apóstoles fueron elegidos "para ser enviados a evangelizar" (Mc 3,14). Jesús afirma claramente que se trata de su misma misión: "Como mi Padre me ha enviado, sí os envío yo" (Jn 20,21; cfr. 17,18). Los sucesores de los Apóstoles y sus colaboradores están llamados de modo especial a realizar el encargo misionero confiado por Jesús a toda la Iglesia (cfr. Mt 28,19-20; Mc 16,15-16; Hech 1.4-8).

La "Vida Apostólica" o vida de los Apóstoles, y, por tanto, de sus sucesores e inmediatos colaboradores, tiene esta misma dimensión misionera, que se concreta en profetismo, sacrificio y pastoreo. Es, pues, participación y prolongación, en el tiempo, de la misma misión de Jesús (cfr. Jn 17,18; 20,21). Es misión totalizante a modo de consagración, como Jesús es "consagrado" y "enviado" por el Espíritu Santo (cfr. Lc 4,18). Pablo realizaba esta misión con "corazón indiviso" (1Cor 7,32).

Toda la Iglesia, como consorte o "esposa" de Cristo, vive su realidad misionera en la comunión, que es signo eficaz de evangelización (cfr. Jn 17,23). La participación en la intimidad de Cristo Amigo y Esposo, supone el compartir sus mismas preocupaciones misioneras.

En realidad, toda vocación eclesial se inspira en la vocación de los Apóstoles. Ello tiene lugar especialmente en la vocación misionera estrictamente dicha, es decir, "ad vitam" (de por vida), que es propia de todos los sucesores de los Apóstoles y de muchos de sus colaboradores.

La misión que Jesús realizó, quedó plasmada en su discurso misionero, cuando "convocó a los doce" (Mt 10,1; Lc 9,1), con una "llamada" especial (Mc 6,7; cfr. Mc 3, 13), llamándolos por su "nombre" (Mt 10,2-4; cfr. Mc 3.16ss). Esta llamada es un don del Padre y una iniciativa de Jesús, que invita a orar insistentemente (cfr. Mt 9,38; Lc 10,2), es decir, a realizar la misión en sentido relacional de unión íntima con el Señor. El Espíritu Santo hace posible esta misión de comunicar a los demás la propia experiencia de Cristo: "El Espíritu de la verdad... dará testimonio de mí. También vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio" (Jn 15,26-27).

La vocación de los Apóstoles, de sus sucesores y colaboradores, es de estrecha relación con la misión. Se les llama para una misión evangelizadora. De hecho, esta llamada tuvo lugar mientras Jesús mismo estaba realizando su acción misionera por "todas las ciudades", "enseñando", "predicando el evangelio del Reino" y "curando" (Mt 9,35; cfr. Mc 6,6). Ya la primera llamada de los "doce" tuvo como objetivo "enviarlos a predicar" (Mc 3,14) y, por esto precisamente, fueron llamados "apóstoles" (enviados) (Lc 6,13). Jesús, pues, a éstos, a quienes había llamado, "les envió" a predicar su mismo mensaje (Mt 10,5; Mc 6,7; Lc 9,2; 10,1).

La dimensión misionera del sacerdocio ministerial deriva del hecho de participar en la misma consagración y misión de Cristo Pastor, para representarle ante la comunidad eclesial y hacerle visible ante toda la humanidad. Los presbíteros colaboraran con el Obispo, dependiendo de él, sirviendo en la Iglesia particular y formando parte del Presbiterio como "fraternidad sacramental". Quienes están incardinados en la Iglesia particular (sacerdotes diocesanos o seculares), participan de la responsabilidad misionera universal de esta misma Iglesia (cfr. PO 10; LG 28; OT 20; AG 20, 38-39; EN 68; RMi 67-68; PDV 16-18, 31-32; Dir 14-15; EEu 34-36).

Los más pobres entre los pobres son los que todavía o no tienen fe o no viven de la fe. Como Jesús, el sacerdote ministro (y todo bautizado, según la gracia recibida) es ungido y enviado por el Espíritu Santo "para evangelizar a los pobres" (Lc 4,18).

La misión sacerdotal (y analógicamente la de todo apóstol) consiste en prolongar la palabra de Cristo (anuncio, testimonio) y su llamada a la conversión y bautismo (como cambio profundo de actitudes); hacer presente su sacrificio redentor y su acción salvífica y pastoral; imitar su cercanía al hombre concreto, prolongando su acción salvífica y pastoral, así como su diálogo con el Padre por la salvación del mundo (oración). La comunidad convocada ("ecclesia") por la palabra queda invitada a acoger los signos salvíficos y a transformarse en familia de hermanos (EN 24).

La vivencia de la misión lleva a la armonía ("unidad de vida") entre la acción pastoral y la vida interior, porque es actitud de escucha, contemplación, profetismo, cercanía, diálogo, trascendencia, vivencia, testimonio, autenticidad, coherencia...

La espiritualidad misionera del sacerdote está en relación directa con la acción pastoral, a modo de concretización de la caridad pastoral. Los sacerdotes "conseguirán de manera propia la santidad, ejerciendo sincera e incansablemente sus ministerios en el Espíritu de Cristo" (PO 13).

La centralidad de la Eucaristía, como "fuente y cumbre de toda la evangelización" (PO 5), confiere equilibrio de "unidad de vida" y de armonía entre los ministerios proféticos, cultuales y de dirección de la comunidad. El Espíritu Santo capacita a los apóstoles de todos los tiempos, también en esta época de globalización, y "los impulsa a transmitir a los demás la propia experiencia de Jesús y la esperanza que los anima" (RMi 24).

El anuncio profético del evangelio, que debe llegar a todo ser humano y a cada pueblo, es fruto de una "mirada contemplativa" y de un corazón comprometido, que viva en sintonía con los sentimientos de Cristo: "Tengo compasión de esta muchedumbre" (Mt 15,32).


3. EN EL MAGISTERIO CONCILIAR Y POSTCONCILIAR (fundamentos magisteriales)

Los documentos conciliares del Vaticano II ofrecen los elementos básicos de la misionariedad sacerdotal. Llama la atención la insistencia y claridad de "Presbyterorum Ordinis", a partir del don recibido en la ordenación, como participación en el mismo sacerdocio y misión de Cristo: "El don espiritual que recibieron los presbíteros en la ordenación no los dispone sólo para una misión limitada y res¬tringida, sino para una misión amplísima y universal de salva¬ción 'hasta los extremos de la tierra' (Act 1,8), porque cualquier ministerio sacerdotal participa de la misma amplitud universal de la misión confiada por Cristo a los Apóstoles. Porque el sacerdo¬cio de Cristo, de cuya plenitud participan verdaderamente los presbíteros, se dirige por necesidad a todos los pueblos y a todos los tiempos, y no se coarta por límites de sangre, de nación o de edad, como ya se significa de manera misteriosa en la figura de Melquisedec. Recuerden, pues, los presbíteros que deben llevar en el corazón la solicitud de todas las iglesias" (PO 10).

En el mismo decreto conciliar, al hablar del ministerio sacerdotal de la palabra, no deja de indicar la universalidad, citando precisamente el texto del mandato misionero según Marcos: "Como nadie puede salvarse si antes no cree, los presbíteros, como cooperadores de los Obispos, tienen como obliga¬ción principal al anunciar a todos el Evangelio de Cristo, para constituir e incrementar el Pueblo de Dios, cumpliendo el mandato del Señor: 'Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura' (Mc 16,15)" (PO 4). "Los presbíteros, llamados a "cooperar en el trabajo pastoral de toda la diócesis e incluso de toda la Iglesia" (LG 28).

Esta disponibilidad misionera, según el concilio, además de ser una exigencia del mismo sacerdocio (PO 10), lo es también por ser los presbíteros "cooperadores del Orden episcopal" (LG 28; PO 2). La tarea misionera local y universal, que incumbe claramente al obispo, es, también propia de los presbíteros como sus "necesarios colaboradores" (PO 7), participando "de la solicitud por la Iglesia universal" (CD 5). Por esto la labor apostólica en una Iglesia particular, especialmente en el momento de distribuir los presbíteros, deberá "tener presentes las necesidades de la Iglesia universal" (CD 23).

Puede considerarse un resumen sobre este tema, la conclusión a que llega el decreto "Ad Gentes": "Los presbíteros representan la persona de Cristo y son cooperadores del orden episcopal, en su triple función sagrada que se ordena a las misiones por su propia naturaleza. Estén profunda¬mente convencidos que su vida fue consagrada también al servicio de las misiones... Por consiguiente, organizarán el cuidado pastoral de forma que sea útil a la dilatación de Evangelio entre los no cristianos" (AG 39).

Para llegar a hacer efectivas estas directrices, se requiere una formación adecuada, que debe comenzar, al menos, desde el Seminario. Por esto, el concilio, al describir la formación pastoral de los candidatos al sacerdocio, dice: "Llénense de un espíritu tan católico que se acostum-bren a traspasar los límites de la propia diócesis o nación o rito y ayudar a las necesidades de toda la Iglesia, preparados para predicar el Evangelio en todas partes" (OT 20).

La exhortación apostólica postsinodal "Evangelii nuntiandi" (1975) no ofrece novedad especial respecto a nuestro tema, pero recalca la disponibilidad misionera universal (cfr. EN 68).

Una de las principales novedades de la encíclica “Redemptoris Missio” consiste en haber recuperado la prioridad de la responsabilidad misionera para las Iglesias particulares, con su Obispo y su Presbiterio (RMi 61-64, 67-68), siempre en colaboración y bajo la dirección del sucesor de Pedro. El punto de partida de la misión es Cristo mismo. Es la misión recibida del Padre, bajo la acción del Espíritu Santo, que Cristo comunica a su Iglesia. Ahora bien, en esa misión, los doce Apóstoles y sus sucesores son los primeros responsables: "Los Doce son los primeros agentes de la misión universal" (RMi 66).

Aquella realidad apostólica continúa en los sucesores de los Apóstoles y en cada Iglesia particular: "La Iglesia es misionera por su propia naturaleza, ya que el mandato de Cristo no es algo contingente y externo, sino que alcanza al corazón mismo de la Iglesia. Por esto, toda la Iglesia y cada Iglesia es enviada a las gentes" (RMi 62). Por eso, "en ese vínculo esencial de comunión entre la Iglesia universal y las Iglesias particulares se desarrolla la auténtica y plena condición misionera" (ibídem).

Cada obispo, como cabeza de su Iglesia particular y como miembro del Colegio Episcopal, es responsable de la misión universal: "Así como el Señor resucitado confirió al Colegio apostólico encabezado por Pedro el mandato de la misión universal, así esta responsabilidad incumbe al Colegio episcopal encabezado por el Sucesor de Pedro... Mis hermanos son directamente responsables conmigo de la evangelización del mundo, ya sea como miembros del Colegio Episcopal, ya sea como pastores de las Iglesias particulares" (RMi 63; citando LG 23 y AG 38; cfr. “Pastores Gregis” 65).

La consecuencia que deriva de estos principios es muy concreta: "Toda Iglesia particular debe abrirse generosamente a las necesidades de los demás" (RMi 64).

La exhortación apostólica postsinodal "Pastores dabo vobis" no es un documento exclusivamente misionero, como lo es "Ad Gentes" y "Redemptoris Missio". Pero, por ser documento sacerdotal, presenta el sacerdocio ministerial con todas sus exigencias de seguimiento evangélico y de misión, apuntando a la necesidad de una formación inicial y permanente que asuma orgánicamente estas exigencias.

Que el sacerdote, precisamente por serlo, esté llamado a la misión universal, se da por descontado, citando y glosando los documentos conciliares y postconciliares que nosotros ya hemos estudiado más arriba sintéticamente. Se trata claramente y sin lugar a reticencias, de una "solicitud por la Iglesia universal y por cada una de las Iglesias particulares" (PDV 17). "El ministerio del presbítero está totalmente al servicio de la Iglesia... está ordenado no sólo para la Iglesia particular, sino también para la Iglesia universal" (PDV 16). Queda, pues, bien claro "el carácter misionero de todo sacerdote" (PDV 16).

La referencia explícita a la misión local y universal aparece constantemente al hablar de la naturaleza de la misión y de la espiritualidad sacerdotal. Lo mismo se puede apreciar cuando trata de la formación inicial y permanente, de modo especial en su nivel pastoral: "La conciencia de la Iglesia como comunión 'misionera' ayudará al candidato al sacerdocio a amar y vivir la dimensión misionera esencial de la Iglesia y de las diversas actividades pastorales; a estar abierto y disponible para todas las posibilidades ofrecidas hoy para el anuncio del Evangelio, sin olvidar la valiosa ayuda que pueden y deben dar al respecto los medios de comunicación social; y a prepararse para un ministerio que podrá exigirle la disponibilidad concreta al Espíritu Santo y al Obispo para ser enviado a predicar el Evangelio fuera de su país" (PDV 59) (cita RMi 67-68).

Llama la atención en PDV el modo de describir la dimensión misionera del sacerdote a partir de la "sucesión apostólica" (como misión y como seguimiento evangélico) y de la pertenencia a la Iglesia particular (especialmente por la incardinación). Respecto al mismo sacerdocio como participación en el sacerdocio de Cristo, así como respecto a la colaboración con el obispo y al servicio de la Iglesia particular, se repiten los contenidos de los documentos anteriores, que PDV cita y glosa con cierta amplitud (cfr. PDV 16, 42, 60).

Esta disponibilidad universal deriva también del hecho de pertenecer a la Iglesia particular y al Presbiterio y colaborar en la responsabilidad misionera del Obispo, siempre en la línea de universalismo: "La pertenencia y dedicación a una Iglesia particular no circunscriben la actividad y la vida del presbítero, pues, dada la naturaleza de la Iglesia particular y del ministerio sacerdotal, aquellas no pueden reducirse a estrechos límites... (cita PO 10)... sino a la misión universal" (PDV 32).

El Obispo con su Presbiterio es responsable de hacer efectiva esta misión, en la que deben participar todos los componentes de la comunidad eclesial y, de modo particular, los presbíteros como colaboradores necesarios de los Obispos en el "servicio apostólico".


4. SINTESIS CONCLUSIVA: HACIA UN PROYECTO DE "VIDA APOSTÓLICA" EN EL PRESBITERIO PARA UNA NUEVA APERTURA MISIONERA DE LA IGLESIA PARTICULAR

De los textos bíblicos sobre la misión y de los documentos magisteriales del concilio Vaticano II y del postconcilio, se pueden decantar unos datos o elementos básicos sobre la dimensión misionera del sacerdocio ministerial y de su ministerio. El sacerdote ministro está llamado a la misión local y universal por:

- participar en el mismo sacerdocio de Cristo,
- prolongar la misma misión de Cristo,
- colaborar estrechamente con el obispo, como partícipe de la sucesión apostólica y por ser miembro del Presbiterio,
- pertenecer a la Iglesia particular como diocesano (incardinado) o como religioso,
- ser llamado al seguimiento evangélico de los doce Apóstoles y sucesores.

Todo presbítero (diocesano o religioso) está al servicio de la Iglesia particular, cuyo "principio y fundamento visible de unidad" es el obispo (LG 23). El Papa lo es también, de modo peculiar, como portador de un carisma que es intrínseco a cada comunidad cristiana (ibídem). Cada Iglesia particular, con sus carismas peculiares en la herencia apostólica común (LG 13 y 17), es responsable de la Iglesia universal como su imagen, porción, presencia, actualización (cfr. LG 23, 26; CD 11). A esta Iglesia, con su peculiar herencia de gracia y con su responsabilidad de comunión y de misión universal, es a la que sirve todo presbítero, siendo, con el obispo y bajo su autoridad, custodio de la tradición apostólica misionera.

Hay que recordar que la "Vida Apostólica" de los Doce se delinea por la vida comunitaria, el seguimiento evangélico y la disponibilidad misionera. Los tres puntos son muy explícitos en el documento postsinodal PDV y se repiten insistentemente. Si no hubiera la conciencia y el compromiso generoso de seguimiento evangélico (con la práctica concreta, aunque no necesariamente profesión de los llamados "consejos evangélicos"), la vida fraterna y la disponibilidad misionera no se harían efectivas ni duraderas. La actuación del carisma episcopal es indispensable no sólo para cuestiones jurídicas, sino principalmente para hacer posible la "Vida Apostólica" en el Presbiterio (PDV 74; cfr. CD 15-16; PO 7-8).

Sin el seguimiento evangélico y la fraternidad sacerdotal del Presbiterio, no se haría efectiva la disponibilidad misionera. La "fraternidad sacramental" del Presbiterio de una Iglesia particular (PO 8) es una concretización de la realidad de Iglesia como "sacramento universal de salvación" (LG 48; AG 1) o, sencillamente, como "sacramento, es decir, signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano" (LG 1).

Ahora bien, los ministerios sacerdotales son un servicio que debe abarcar "toda la diócesis y toda la Iglesia" (LG 28). Sin esta dimensión misionera, no se realizaría la santificación sacerdotal. Al mismo tiempo, sin la generosidad del seguimiento evangélico al estilo de los Apóstoles, no se daría la disponibilidad misionera en cada ministerio a nivel local y universal. Para hacerse evangelizador pleno y sin fronteras, el sacerdote está llamado a "evangelizarse" plenamente, es decir, a vivir el sacerdocio según el estilo evangélico del Buen Pastor. La misión universal y la donación total a Cristo caminan a la par. "La llamada a la misión deriva, de por sí, de la llamada a la santidad... La vocación universal a la santidad está estrechamente unida a la vocación universal a la misión" (RMi 90).

De ahí la importancia y urgencia de elaborar y llevar a efecto un "proyecto" de "Vida Apostólica" en el Presbiterio, siguiendo las pautas de "Pastores dabo vobis", como exigencia de la gracia de la ordenación: "Te recomiendo que reavives el carisma de Dios que hay en ti" (2Tim 1,6; cfr. PDV cap. VI). Se trata, pues, del "dinamismo del sacramento del Orden", como respuesta a "un sígueme que acompaña toda la vida" (PDV 70).

El capítulo final de PDV, si se lee en el contexto de todo el documento, es la parte que compromete más. Porque no se trata sólo de organizar unos cursos para ponerse al día, sino de estructurar toda la vida del Presbiterio, de suerte que el sacerdote encuentre los medios necesarios para vivir su identidad sacerdotal con todas las exigencias de "Vida Apostólica" en el Presbiterio de la Iglesia particular (cfr. PDV 79).

Hay que reconocer que la "Vida Apostólica" en el Presbiterio (para el clero diocesano), salvo casos individuales y de algunos grupos excepcionales, tiene un vacío de siglos. La doctrina eclesial se ha mantenido gracias al magisterio y a la vida de santos sacerdotes. Llevar a término esta empresa supondrá crear mentalidad y buscar pautas concretas.

La invitación de Juan Pablo II indica las pistas de un "Cenáculo" permanente, en el que, gracias a la presencia activa de María, "Madre de los sacerdotes" y "Reina de los Apóstoles", tendrán lugar "una extraordinaria efusión del Espíritu de Pentecostés... La Iglesia está dispuesta a responder a esta gracia" (PDV 82).

El mandato misionero durante la vida pública de Jesús y durante los días de su glorificación, se ha confiado a toda la Iglesia y de modo especial a los Apóstoles, a sus sucesores e inmediatos colaboradores: "Id" (Mt 10,7; "id a todo el mundo" (Mc 16,15), "seréis mis testigos" (Act 1,8). Hay que "caminar" siguiendo a Cristo, que camina hacia la Pascua definitiva "con su Madre y sus discípulos" (Lc 2,12). Ese "camino" equivale a un seguimiento evangélico en comunión para la misión.

El objetivo final es el de hacer de toda la comunidad humana el reflejo de la comunión trinitaria. Ello no será posible si la Iglesia no aparece como "comunión" efectiva y afectiva, especialmente por parte de quienes, en cada Presbiterio, son signo colectivo del Buen Pastor.

La afirmación conciliar "fraternidad sacramental", aplicada al Presbiterio (PO 8), tiene el sentido de ser una exigencia del sacramento del Orden (cfr. LG 28) y también de ser la concretización de la Iglesia "sacramento universal de salvación". La "unidad" o "comunión" eclesial (LG 4), como reflejo de la comunión trinitaria, se hará efectiva especialmente a través de quienes son el signo comunitario de Cristo Sacerdote y Buen Pastor, como signo eficaz de evangelización universal (Jn 17,21-23).


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